
Tatiana Santana y Adriana Tursi hurgan en una historia nacional sobre la educacion sarmientina
- La directora Tatiana Santana elabora una divertida ensalada historica a partir de "La Patria al hombro", de Adriana Tursi, que incursiona con algo de historia y otro tanto de imaginacion en la llegada de las maestras
D-Interés15 de julio de 2022 Agencia TélamLa historia oficial mencionó desde siempre a esas 65 maestras -la mayoría mujeres, pero hubo también un puñado de varones- que fueron convocadas por el prócer, obviamente de habla inglesa y credo protestante, para difundir la educación en los más lejanos confines de la Argentina que se estaba construyendo pero, de acuerdo con nuevas lecturas, con un tufillo de colonialismo cultural en un hombre que vio en Estados Unidos un paraíso a emular y no solo por el desarrollo de los ferrocarriles, que era otra de sus obsesiones.
Esa base histórica, que llevó el título de Ley de Educación Nacional 1.420 e impulsaba una enseñanza obligatoria, gratuita y laica para favorecer los conceptos de igualdad, es la excusa adoptada por la autora Tursi y la directora Santana para internarse en otros asuntos, como las deformidades internas de una familia cordobesa -y por extensión, argentina- que terminan por diseñar un mapa sociológico y fundacional.
Hay dos maestras extranjeras -Silvina Muzzanti y Lalo Moro en un papel femenino- que llegan a un hogar presuntamente patricio en algún lugar de Córdoba, con dificultades de entendimiento con sus futuros educandos; ellas no hablan castellano, ellos desconocen el inglés, pero además su ingreso es repudiado por las autoridades eclesiásticas, la población las descalifica y las promesas de buen trato se desdibujan.
Del otro lado están los lugareños, una familia de cierto poder, con un prestigio dudoso y lindante con la impostura y la ignorancia -hay una pareja mayor (Karina Antonelli, Sebastián Pajoni)- que reciben a las extranjeras en situación precaria, sin entender muy bien de qué se trata esa visita y convirtiéndose a su pesar en los primeros empresarios privados de la enseñanza en la Argentina.
Ellos también son víctimas de los ataques sacerdotales y del poder establecido, que irrumpen de improviso su paz provinciana, aun dentro de los secretos que luego saldrán a la luz.
Las diferencias culturales y aun religiosas se acentúan, aunque lo que no se subraya son las condiciones leoninas en que fueron contratadas esas mujeres, que además de socializar a sus virtuales alumnos deben realizar la limpieza de las aulas y otras tareas afines, con la expresa prohibición de casarse o tener cercanía con varones, sin mencionar las penurias que tanto ellas como sus colegas del resto del territorio sufrieron en sus lastimosos y largos traslados desde el puerto de Buenos Aires, sin comida ni condiciones de higiene y en medio de sus propios temores de ser atacadas por "los indios".
La realidad es mucho peor de lo que se les había prometido, porque desde la Capital no llegan los más mínimos enseres para armar una estructura escolar, cuando se piden bancos se les ofrecen taburetes y de presupuesto ni se habla; para las contratadas el lugar al que llegaron es tan extraño como si hubieran recalado en otro planeta.
Hay un guiño pícaro en el texto -que por sus características deja varios "huecos" en la narración- que señala que si esos fueron los desconcertados comienzos de un intento de organización nacional, los resultados están en el presente, porque el nudo de la trama desplaza mayormente a las maestras y se fija en la familia que los recibe.
Ese origen del ser nacional, según Tursi-Santana, esconde una tara integrada por consanguineidades provenientes de los primeros conquistadores, conductas sexuales no confesadas, incesto -¿acaso el padre y la madre son hermanos?-, por lo que los amores intentados por los más jóvenes quedan prohibidos ya que las filiaciones se entremezclan y por eso las piezas no encajan.
El tono elegido por la puesta dista mucho de lo que podría ser una tragedia, hace pie en el humor y en las entradas y salidas tiene recursos de vaudeville -con anacronismos incluidos, como el monopatín que utiliza una de las jóvenes- aunque en esa despreocupación por las conductas de los mayores hay dos chicas (Jaru Keselman y Julieta Coria) que tienen la llave para escapar de la confusión, ante la frustración del buen muchacho que compone Juan Subiotto.
Con un medido acompañamiento musical de Rony Keselman, una funcional escenografía de Alejandro Mateo y una certera iluminación de Soledad Ianni, hay un lucimiento general del elenco -con la exquisita Antonelli y el extrovertido Pajoni a la cabeza-, y si bien el espectáculo está siempre "muy arriba", hay voces estentóreas por momentos molestas. No es lo mismo emitir en una sala de mil localidades que en una de pocos espectadores.
"La Patria al hombro" se ofrece en la sala Carlos Somigliana de Teatro del Pueblo, Lavalle 3636, los sábados a las 20. (Télam)


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