Dino Saluzzi, una vision heterodoxa de la musica argentina
El bandoneonista salteño Dino Saluzzi, de 84 años, inauguro un nuevo ciclo en una sala de Palermo con una propuesta que denuncia su atipica formacion musical y tres exilios territoriales que maceraron su forma de abordar el hecho estetico, un cruce
El bandoneonista salteño Dino Saluzzi, de 84 años, inauguró un nuevo ciclo en una sala de Palermo con una propuesta que denuncia su atípica formación musical y tres exilios territoriales que maceraron su forma de abordar el hecho estético, un cruce que lo ha convertido en una expresión extraña e infrecuente en la cartelera cultural de la Ciudad de Buenos Aires.
No hay huellas del folclore rítmico ni de sus formas bailables, ni tampoco de los patrones que caracterizaron a las escuelas tradicionales del tango en el recorrido que Saluzzi y su quinteto ofrecieron anoche. Y sin embargo, si se tratara de señalar un universo al que sus músicas tributan, no cabe más que indicar que son, justamente, el folclore y el tango.
El bandoneonista abrió el ciclo en Café Vinilo con un recuerdo a los carnavales de su infancia donde tocaba "a la parrilla" multiplicidad de "géneros" como cualquier obrero de la música, la contracara de lo que ahora propone.
"Para qué voy a tocar un tango como, por caso, Enrique DelfinoÂ… ¿Para qué?... Si la vida nos ha dado la posibilidad de crecer", desafía.
Saluzzi nació en Campo Santo, un pueblo salteño sin electricidad (y en donde, por lo tanto, la música era la música en vivo), en 1935. Su periplo lo empujó primero a la capital provincial, y luego a Buenos Aires, ambientes que también significaron un universo acotado. Astor Piazzolla –que sabía de primera mano sobre aquello de ser atacado por contravenir el canon- le sugirió la posibilidad de encontrar un destino fuera del país, lo que se cumplió muchos años después.
Pero antes se forjó en las orquestas de Enrique Mario Francici, Alfredo Gobbi y Héctor Varela. De aquella prolífica usina tanguera anoche apareció un vals ,"Un momento", hallazgo en la obra de Héctor Stamponi.
La gecetilla del ciclo, al modo de presentar alguna referencia, emparenta el programa musical con el álbum "El valle de la infancia" (2014, ECM), que sin embargo no necesariamente es lo que se toca en el escenario, en el que se eligen obras que se pueden rastrear en álbumes como "Juan Condorí", "Ojos Negros", "Navidad de los Andes", "Vivencias".
La experiencia de Saluzzi en Europa, empujada luego de su cruce con el director y compositor George Gruntz y acaso inaugurada con aquella grabación en soledad, "Kultrum" (1983), le han aportado, evidentemente, una mirada diferente a una música que, no por ello, abandona los rasgos propios del un compositor humilde del noroeste argentino.
En ese tránsito acompañaron anoche al bandoneonista José María Saluzzi (guitarra), Félix "Cuchara" Saluzzi (saxofón), Matías Saluzzi (bajo) y Jorge Savelón (batería). El quinteto volverá a ofrecer conciertos hoy y mañana desde las 21 en el escenario de Gorriti 3780.
"El bandoneón tuvo a Ciriaco Ortiz que fue como Louis Amstrong en el jazz. Todo lo que vino después ya lo había inventado él", dijo Saluzzi, que edifica sobre aquellos que tomaron el instrumento para crear, en un acto de insubordinación a cualquier molde. Y el concierto, con esa vocación, también termina de modo inusual: el quinteto no elige un tema estridente para la exaltación del público sino "Juan Condorí", una expresión minimalista de la música que deja a la platea en estado de sosiego. (Télam)
No hay huellas del folclore rítmico ni de sus formas bailables, ni tampoco de los patrones que caracterizaron a las escuelas tradicionales del tango en el recorrido que Saluzzi y su quinteto ofrecieron anoche. Y sin embargo, si se tratara de señalar un universo al que sus músicas tributan, no cabe más que indicar que son, justamente, el folclore y el tango.
El bandoneonista abrió el ciclo en Café Vinilo con un recuerdo a los carnavales de su infancia donde tocaba "a la parrilla" multiplicidad de "géneros" como cualquier obrero de la música, la contracara de lo que ahora propone.
"Para qué voy a tocar un tango como, por caso, Enrique DelfinoÂ… ¿Para qué?... Si la vida nos ha dado la posibilidad de crecer", desafía.
Saluzzi nació en Campo Santo, un pueblo salteño sin electricidad (y en donde, por lo tanto, la música era la música en vivo), en 1935. Su periplo lo empujó primero a la capital provincial, y luego a Buenos Aires, ambientes que también significaron un universo acotado. Astor Piazzolla –que sabía de primera mano sobre aquello de ser atacado por contravenir el canon- le sugirió la posibilidad de encontrar un destino fuera del país, lo que se cumplió muchos años después.
Pero antes se forjó en las orquestas de Enrique Mario Francici, Alfredo Gobbi y Héctor Varela. De aquella prolífica usina tanguera anoche apareció un vals ,"Un momento", hallazgo en la obra de Héctor Stamponi.
La gecetilla del ciclo, al modo de presentar alguna referencia, emparenta el programa musical con el álbum "El valle de la infancia" (2014, ECM), que sin embargo no necesariamente es lo que se toca en el escenario, en el que se eligen obras que se pueden rastrear en álbumes como "Juan Condorí", "Ojos Negros", "Navidad de los Andes", "Vivencias".
La experiencia de Saluzzi en Europa, empujada luego de su cruce con el director y compositor George Gruntz y acaso inaugurada con aquella grabación en soledad, "Kultrum" (1983), le han aportado, evidentemente, una mirada diferente a una música que, no por ello, abandona los rasgos propios del un compositor humilde del noroeste argentino.
En ese tránsito acompañaron anoche al bandoneonista José María Saluzzi (guitarra), Félix "Cuchara" Saluzzi (saxofón), Matías Saluzzi (bajo) y Jorge Savelón (batería). El quinteto volverá a ofrecer conciertos hoy y mañana desde las 21 en el escenario de Gorriti 3780.
"El bandoneón tuvo a Ciriaco Ortiz que fue como Louis Amstrong en el jazz. Todo lo que vino después ya lo había inventado él", dijo Saluzzi, que edifica sobre aquellos que tomaron el instrumento para crear, en un acto de insubordinación a cualquier molde. Y el concierto, con esa vocación, también termina de modo inusual: el quinteto no elige un tema estridente para la exaltación del público sino "Juan Condorí", una expresión minimalista de la música que deja a la platea en estado de sosiego. (Télam)
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