Si viviera el extraordinario escritor uruguayo Eduardo Galeano, virtuoso analista del mundo de la pelota como hecho cultural, bien podria haber adaptado el titulo de una de sus obras cumbres para describir el
Si viviera el extraordinario escritor uruguayo Eduardo Galeano, virtuoso analista del mundo de la pelota como hecho cultural, bien podría haber adaptado el título de una de sus obras cumbres (Las venas abiertas de América Latina) para describir el dramático año que atravesó el fútbol argentino. Dramático en la medida que se precipitó como un devenir de episodios traumáticos, perjudiciales, inesperados y fundamentalmente trágicos en el segmento final del almanaque. El funesto 2020 propone un recorrido inverso al sentido cronológico, un tránsito de atrás hacia adelante que jerarquiza los sucesos de mayor impacto en el sentir argentino. Bajo esa lógica, la muerte fue el principio estructural de un relato triste y desolador, marcado por el profundo vacío que provocó la pérdida de Diego Armando Maradona, el héroe deportivo más grande de toda la historia. A menos de un mes de su desaparición física todavía parece mentira, una realidad difícil de aceptar debido a la revolución de sensaciones que produjo en millones de argentinos de distintas generaciones. Por la grandeza y las hazañas de su zurda, Maradona era el fútbol como representación simbólica, pero a la vez era mucho más que eso: un orgulloso embajador de la bandera argentina y un genuino defensor de los intereses populares frente al poder en todo ámbito. En su libro "El fútbol a sol y sombra" (1995), Galeano caracterizó: "Maradona es incontrolable cuando habla pero mucho más cuando juega: no hay quien pueda prever las diabluras de este inventor de sorpresas [...]. No es un jugador veloz, torito corto de piernas, pero lleva la pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el cuerpo. En un fútbol frígido, que exige ganar y prohíbe gozar, es uno de los pocos que demuestra que la fantasía puede también ser eficaz". "Este petiso respondón y calentón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba [...] No ha sido el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la que ha dado resonancia universal a las preguntas más insoportables". La partida de Diego fue una daga al corazón del pueblo argentino. Una herida que supura nostalgia por los momentos inolvidables que regaló dentro de la cancha, muchos de ellos con significado extrafutbolístico (los goles a Inglaterra, el título mundial en México '86, el honorable subcampeonato en Italia '90 y su resurrección personal hasta que la FIFA lo sacó de Estados Unidos '94). Una herida sobre la que también pulsa el dolor de haber despedido a una figura de neto corte popular y contestatario, puesta al servicio de toda causa de los humildes; y la angustia de sentir que no fue cuidada, la persona, como ameritaba frente a su ascendencia ante los millones de fanáticos que lo lloraron. Cada 25 de noviembre, fecha destinada a sumarse al calendario de feriados nacionales, será desde este 2020 un día de inmensa emoción para recordar a un prócer argentino, que no empuñó espada ni montó a caballo, pero que libró batallas futboleras y otra índole marcadas a fuego en la identidad nacional. Como si la muerte del héroe no fuera suficiente, el año de la pandemia se cobró la vida de otro personaje de valores inquebrantables: el maestro Alejandro Sabella, cuyo corazón se apagó el 8 de diciembre después de ser internado el mismo 25 de noviembre. Así como Diego recibió honores del Estado, "Pachorra" tuvo el reconocimiento de la AFA por esa maravillosa etapa al frente del seleccionado argentino (2011-2014), que puso a Argentina en una final mundialista después de 24 años. Sabella fue un técnico ganador, un astuto estratega, un sabio arquitecto de grupos y una persona de entrañable sensibilidad. La Copa Libertadores que obtuvo con Estudiantes, la gran final del Mundial de Clubes que pensó ante el Barcelona de "Pep" Guardiola y el subcampeonato en Brasil 2014 quedaron en la memoria con el mismo vigor que su solidaridad para con los inundados de La Plata y el legado que transmitió mediante sus convicciones humanas, políticas y sociales. El fútbol argentino despidió al héroe y al maestro, unos meses después de asistir a una situación insospechada, mucho menos dolorosa claro, como lo fue la ruptura de Lionel Messi con el Barcelona. Incomparable desde el impacto emocional, por cierto, pero de alta conmoción toda vez que significó un portazo que amenazó con romper los cristales del mágico imperio que el rosarino edificó desde sus inicios en el club catalán. Algo ya estaba quebrado antes del famoso burofax que Messi envió el 25 de agosto para comunicarle al club que decidía romper unilateralmente su contrato. El enfrentamiento con el expresidente Josep María Bartomeu, la frialdad con el exDT Quique Setién y los sucesivos fracasos deportivos en Europa impulsaron al astro hacia una rebeldía propia del Maradona más fervoroso. La estrategia legal del club, la vigencia de su contrato hasta junio de 2021, el costo económico de su salida y el deseo de no lesionar el vínculo con los hinchas hicieron recapacitar a Messi para continuar su presente "blaugrana", que hoy no tiene el brillo de las épocas doradas. Por caso, este 2020 se empecinó también con ser el peor año de su carrera deportiva: no ganó ningún título y resignó el premio FIFA The Best en manos del alemán Robert Lewandowski. La merma del rendimiento del capitán del seleccionado "albiceleste" fue un motivo de preocupación para un fútbol argentino que, puertas adentro, experimentó un año de franco retroceso deportivo e institucional. En palabras del prestigioso DT de River, Marcelo Gallardo, se asiste a una "decadencia total", comprobable en la inestabilidad política, los continuos cambios organizativos, el endeudamiento de los clubes, el empobrecimiento de los planteles y el escaso atractivo de las competencias desarrolladas con el eco de los estadios vacíos. La Superliga, presentada unos años antes como una modernización del fútbol bajo estándares europeos, quedó disuelta y dio paso a un nuevo maquillaje bajo la denominación Liga Profesional (LPF). Decretada la emergencia sanitaria por el Covid-19, la pelota estuvo detenida durante siete largos meses, las temporadas de todas las categorías fueron canceladas y los descensos suspendidos por dos años, lo que supone una futura distorsión en la cantidad de participantes de la primera. El descalabro organizativo llegó a los estrados del Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) en Suiza por un reclamo de San Martín de Tucumán, club de la segunda división que pretendía el reconocimiento del ascenso obtenía al momento de cancelarse definitivamente el torneo. Retomada la actividad en noviembre, con un calendario demasiado apretado, los torneos mutaron en todas las divisiones con un formato inentendible para el futbolero promedio, lo que redunda en desinterés. Dolor, declive y decrepitud, la imagen 3D de un fútbol argentino resiliente que, pese a todo, sigue adelante... (Télam)
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