Intensa version de Es necesario entender un poco, por Guillermo Ghio

El director Guillermo Ghio logra una intensa version de "Es necesario entender un poco", la obra de Griselda Gambaro que lleva como subtitulo "", acerca del lenguaje, la violencia y lo universal humano, en Pan y
D-Interés06 de noviembre de 2019 Agencia Télam
El director Guillermo Ghio logra una intensa versión de "Es necesario entender un poco", la obra de Griselda Gambaro que lleva como subtítulo "(Los desdichados no se reconocen)", acerca del lenguaje, la violencia y lo universal humano, en Pan y Arte, Boedo 876, los viernes a las 21.
Estrenada hace casi un cuarto de siglo en una sala oficial, la obra de Gambaro es una de las más bellas de su producción, en la que adopta un marcado perfil épico que combina sus acciones con referencias al habla, el protagonista es un letrado chino que jamás entenderá el francés cuando viaja ingenuamente a una Francia posrevolucionaria, donde a él tampoco le entienden su lengua.
La primera confusión introducida adrede puede estar en la palabra letrado, que para un chino de su época implicaría funciones caligráficas mientras para nosotros es sinónimo de abogado o similar, lo que redundaría en paradojas evidentes.
El asunto tiene vagas referencias históricas, que parten de las misiones católicas al país asiático en el siglo XVIII, que buscaban difundir el cristianismo en aquellas tierras, aun a costa de sincretismos que les resultaban útiles a tal fin.
El joven chino (Patricio Schwartz), viudo reciente y padre de un hijo, vive y es alimentado por su madre (Liliana Moreno) en una relación ambigua, entre maternal y de sometimiento, aunque es esa mujer la que lo previene del viaje que lo ilusiona en cuanto a conocimiento y riquezas.
Cuando emprende el viaje junto a un sacerdote jesuita (Mucio Manchini) el muchacho emprenderá una lucha contra varios elementos: el larguísimo viaje en barco a merced de una tormenta y su llegada a París, su gran infierno, donde será abandonado y vendido por el monje, conocerá las penurias de la esclavitud y la incomunicación permanente, en una corte de milagros con mendigos miserables (Nicolás Meradi) y otras criaturas.
A esa altura la acción ya está desatada y la autora se anima a incorporar al Marqués de Sade (Pablo Turchi), a un loco que representa a Jean-Paul Marat (Marcelo Sein) y a Carlota Corday (Leticia Cabeda) en pleno manicomio de Charenton, en un desatino que no le impide ingresar graciosamente en la obra famosa de Peter Weiss.
El sentido final refiere a la condición humana y a la universalidad de los sueños y la amplitud de espíritu, la simulación, la violencia y las bajezas, que ya están en otras obras-en este momento el que escribe piensa en "El campo", aunque hay muchas- de Gambaro, sin duda una dramaturga mayor.
La interesante puesta de Ghio propone un espectáculo tumultuoso, que aprovecha los intercambios verbales de los personajes, con algunos diálogos que rozan la poesía y otros más bien prosaicos, mayormente a cargo de los personajes más violentos o desaforados.
La apuesta formal del director incluye una parte sonora intrínseca, donde -cuando están fuera de escena- los propios intérpretes llevan el ritmo con un tambor industrial, unos platillos, un triángulo y algún otro elemento de percusión, y además hay un juego muy preciso de personajes secundarios -doblados por los propios actores- que enriquecen un espectáculo para seguir con atención.
Ghio interpreta el texto de varias maneras, buscando los guiños de Gambaro para entregarle al público algo que podría responder a los espectáculos ofrecidos en el manicomio de Charenton, con sujetos tendientes al incordio de los que puede esperarse cualquier reacción.
Solo en el prólogo y el epílogo, a cargo de madre e hijo, hay una intención realista aunque tamizada por algún viento oriental, en los que la autora destaca el único diálogo igualitario de la obra, y convence a la misma platea de que su origen es la China.
Hay prodigios de interpretación y técnica en el elenco, con voces audibles, buena elocución y trabajo físico, y no son ajenos a esas virtudes el vestuario de Pheonia Veloz, las luces de Tamara Turczyn y el espacio escénico diseñado por el director. (Télam)
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