Entre el reclamo de seguridad y la apuesta a la prevención: cómo impacta el crimen escolar de Santa Fe en la agenda bonaerense
Pamela Orellana
El crimen ocurrido en una escuela de Santa Fe, donde un adolescente de 15 años abrió fuego y mató a un alumno de 13, volvió a sacudir una discusión que en la provincia de Buenos Aires aparece de manera cíclica: cómo prevenir episodios de violencia extrema en el ámbito escolar sin caer en respuestas simplistas ni en diagnósticos parciales.
El impacto del caso reactivó iniciativas legislativas, cruzó posiciones políticas y expuso un dato incómodo: aunque se trata de hechos excepcionales, los antecedentes bonaerenses muestran que el problema nunca desapareció del todo.
Entre antecedentes y nuevas alertas
La secuencia histórica en territorio bonaerense funciona como telón de fondo del debate actual. El primer episodio documentado se remonta a 1997, en Burzaco, cuando un estudiante de 14 años utilizó el arma reglamentaria de su padre y mató a un compañero dentro del aula.
Tres años después, en Rafael Calzada, otro ataque armado en la puerta de una escuela dejó un muerto y un herido, con un elemento que empezaba a emerger: situaciones de hostigamiento previo que luego serían conceptualizadas como bullying.
El punto más crítico llegó en 2004, en Carmen de Patagones, donde un alumno de 15 años asesinó a tres compañeros e hirió a otros cinco dentro de su curso. Aquella tragedia generó una reacción inmediata del sistema educativo, con jornadas de reflexión y la incorporación de protocolos sobre convivencia escolar, salud mental y acceso a armas en el ámbito doméstico.
Durante casi dos décadas no se registraron ataques fatales, pero sí señales de alerta. En 2023, una alumna llevó un arma y municiones a una escuela de Florencio Varela, aunque la intervención institucional evitó un desenlace mayor. En 2025, en Escobar, un grupo de estudiantes organizó por mensajería un posible tiroteo, lo que introdujo un nuevo factor: el rol de las redes sociales en la escalada de amenazas.

El caso de Santa Fe, ocurrido en el inicio de la jornada escolar y en un contexto de rutina cotidiana, volvió a encender todas las alarmas. La pregunta ya no es solo cómo reaccionar, sino qué herramientas concretas existen para anticipar estos escenarios.
La disputa política por la prevención
En ese marco, la Legislatura bonaerense ya venía discutiendo iniciativas para abordar la violencia escolar. Desde la oposición, la senadora Silvana Ventura impulsó un pedido de informes para que el Ejecutivo de Axel Kicillof detalle la cantidad de episodios registrados, los protocolos vigentes y el funcionamiento de equipos interdisciplinarios en las escuelas.
La legisladora advirtió que el escenario es “preocupante” y reclamó conocer el nivel de articulación entre el sistema educativo, el Ministerio de Seguridad y los municipios. También puso el foco en la necesidad de actualizar la “Guía de Orientación para la Intervención en Situaciones Conflictivas” y en la asistencia a docentes y familias afectadas. “No pueden tolerarse hechos de violencia en el ámbito escolar, la escuela debe ser un lugar seguro”, planteó.
Del lado del oficialismo, el massismo dentro de Fuerza Patria empuja una respuesta estructural: la implementación de la educación emocional como política pública obligatoria. El proyecto ya cuenta con media sanción en Diputados y busca modificar la Ley provincial de Educación para incorporar contenidos vinculados al autoconocimiento, la regulación emocional y la empatía en todos los niveles.
Según explicó la autora de la iniciativa, el objetivo es que las escuelas cuenten con herramientas para abordar conflictos antes de que escalen. “Esto es una tragedia que podría haber sido prevenida. Si por ahí hubiera estado un poco más involucrado el Estado, que está cada vez más en retroceso respecto a estas cuestiones, capaz se hubiese evitado”, sostuvo.
Educación emocional y contexto social
El proyecto oficialista parte de un diagnóstico más amplio: la violencia escolar no puede analizarse de manera aislada del contexto social. En ese sentido, se advierte sobre una combinación de factores que incluyen el deterioro económico, la fragmentación social y el impacto de las tecnologías en la vida cotidiana de los adolescentes.
“Vivimos en una sociedad ansiosa, vacía y con un algoritmo que hace que cada vez nos aislemos más. En una etapa como la adolescencia, es un peligro”, planteó la legisladora, al tiempo que vinculó el caso de Santa Fe con la realidad de localidades golpeadas por la crisis económica.
La propuesta apunta a que la Dirección General de Cultura y Educación diseñe los contenidos y dispositivos pedagógicos, pero con una premisa clara: institucionalizar espacios de escucha dentro de las escuelas. “No debería ser una cuestión individual de uno a uno, tiene que ser algo que atraviese a todo el dispositivo escolar”, remarcó.
En paralelo, el debate también expone una tensión de fondo sobre el rol del Estado. Mientras desde sectores opositores se exige mayor información y refuerzo de medidas de seguridad, el oficialismo pone el acento en políticas preventivas de largo plazo, con foco en la salud mental y la convivencia.
“Si nosotros le diéramos la oportunidad a todos los niños de una cierta edad para que puedan hablar de lo que les pasa y legitimar esas emociones, se podría evitar no solo esta tragedia, sino un montón de otras”.

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