Así cambió el fútbol en el Mundial 2026: los datos de la FIFA sobre tácticas, espacios y construcción
La FIFA publicó un extenso informe técnico sobre el Mundial 2026 en el que analizó los 104 partidos del torneo y puso números a algunas de las principales tendencias que atravesaron la competencia: defensas más compactas, mayor participación de los arqueros en la construcción, salidas con tres jugadores, presión tras pérdida y ataques que buscaron aprovechar los pocos segundos posteriores a una recuperación.
El trabajo fue elaborado por el Grupo de Estudio Técnico (GET) y el Departamento de Perspectivas del Rendimiento Futbolístico de la FIFA. El documento reúne datos de seguimiento de jugadores y pelota, análisis de video y comparaciones con los Mundiales anteriores para estudiar cómo se modificaron las estructuras de juego.
Uno de los datos centrales aparece al comparar el torneo norteamericano con Qatar 2022. Los equipos pasaron 4,2% más de su tiempo sin pelota defendiendo en bloque bajo, lo que representa cerca de dos minutos adicionales por encuentro. Al mismo tiempo, esas estructuras se hicieron más compactas: ocuparon, en promedio, 118 metros cuadrados menos y redujeron su longitud de 24 a 21,1 metros. Entre las 26 selecciones que participaron de ambos Mundiales, 23 defendieron utilizando menos espacio.
Menos espacios, pero más goles
La reducción de espacios no se tradujo en partidos con menos tantos. Según los datos del estudio, las posesiones duraron en promedio 10,5 segundos, frente a los 9,5 registrados en Qatar 2022. Además, el Mundial 2026 terminó con una media de 2,96 goles por partido, por encima de los 2,69 de la edición anterior.
La FIFA identificó nueve grandes áreas de análisis: construcción con defensa de tres, intercambios de posiciones por las bandas, utilización de los carriles interiores, progresión mediante jugadores específicos, presión alta, presión tras pérdida, bloques defensivos, transiciones ofensivas y evolución del rol de los guardametas.
También registró un mayor uso de los espacios interiores para intentar superar estructuras defensivas cada vez más cerradas. Aunque disminuyeron los desmarques a espaldas de las defensas en términos generales, aumentó 3,5% la proporción de movimientos realizados por los carriles interiores.
Otra de las tendencias del torneo fue la utilización de una línea de tres futbolistas para iniciar los ataques, aunque eso no necesariamente significó jugar con tres defensores centrales.
El 63% de las selecciones utilizó en algún momento una estructura de ese tipo. La FIFA detectó distintas variantes: dos zagueros acompañados por un mediocampista que retrocedía, un lateral que se cerraba junto a los centrales o equipos que directamente partían de tres defensores.
Francia, por ejemplo, modificó su salida durante el partido ante Senegal al ubicar a Adrien Rabiot entre los dos centrales, una decisión que le permitió generar una línea de tres ante la presión rival.
Argentina también aparece dentro de este capítulo. La Selección dirigida por Lionel Scaloni inició mayormente las jugadas con dos zagueros en cinco de sus ocho partidos, pero modificó la estructura frente a Egipto en octavos de final, Suiza en cuartos e Inglaterra en semifinales. En esos encuentros, Leandro Paredes retrocedió entre Cristian Romero y Lisandro Martínez, mientras Enzo Fernández quedó por delante y los laterales avanzaron varios metros.
Según el análisis publicado, con esa disposición Argentina registró aumentos en la posesión, las entradas al último tercio y las llegadas al área. El equipo podía defender con cuatro futbolistas y pasar a una estructura de tres en el inicio de la siguiente posesión.
Messi, un caso particular dentro del informe
Lionel Messi ocupa también un apartado destacado dentro del estudio técnico. Durante las fases en las que Argentina defendía en bloque bajo, el capitán se mantenía en promedio a 16,6 metros del centro de la estructura defensiva argentina, la quinta mayor distancia registrada entre los jugadores analizados durante el torneo. Kylian Mbappé presentó un comportamiento similar con Francia, con una separación promedio de 17,7 metros.
La ubicación de Messi permitía que Argentina contara con una referencia adelantada una vez recuperada la pelota y obligaba al rival a mantener jugadores pendientes de su posición.
La FIFA ya había estudiado durante la competencia de qué manera el equipo argentino estructuraba sus ataques alrededor del capitán. El análisis destacó las rotaciones de los mediocampistas, las superioridades por las bandas, los cambios de orientación y la aceleración del juego una vez encontrado un espacio.
El exdelantero y entrenador Jon Dahl Tomasson, integrante del Grupo de Estudio Técnico, resumió durante el torneo el lugar del rosarino dentro del sistema argentino: “Messi es el corazón de este equipo de Argentina”.
El informe también remarcó cómo los movimientos de los mediocampistas buscaban arrastrar rivales para generar espacios centrales o liberar sectores externos. Durante la primera fase del Mundial, la FIFA había registrado además que Messi convirtió los cinco primeros goles de Argentina y alcanzó los 17 tantos en Copas del Mundo, superando el récord histórico que pertenecía al alemán Miroslav Klose.
Argentina terminó el torneo como subcampeona, después de caer 1-0 frente a España en la final disputada en Nueva Jersey y definida durante el tiempo suplementario.
Los arqueros dejaron de limitarse al arco
Uno de los cambios más marcados estuvo en el puesto de arquero. Los guardametas se ubicaron, en promedio, 10,3% más adelantados cuando sus equipos tenían la pelota y realizaron 15,5% más distribuciones durante el juego que en Qatar 2022.
España, campeona del mundo, fue uno de los equipos utilizados por la FIFA para explicar esa transformación. Unai Simón intervenía directamente en el inicio de las posesiones y se incorporaba a la línea defensiva para generar superioridad numérica frente a los delanteros encargados de la presión.
La tendencia no significó abandonar los pases largos. Los envíos largos de los arqueros aumentaron de 7,4 a 8,6 cada 30 minutos de posesión, de acuerdo con el análisis.
También cambió la ejecución de los saques de arco. El 58% se jugó en corto, 4,9 puntos porcentuales más que en Qatar 2022 y 26 puntos por encima de Rusia 2018.
Durante la fase de grupos, apenas el 52% de los saques de arco habían sido ejecutados directamente por los guardametas, frente al 91% registrado en el Mundial anterior. Una de las variantes consistió en que un defensor pusiera la pelota en movimiento para después devolverla al arquero e incorporarlo como un futbolista más de la salida.
Presionar menos veces, pero recuperar más
La presión inmediatamente posterior a una pérdida fue otro de los apartados centrales. En comparación con Qatar, los equipos utilizaron la contrapresión con menor frecuencia: pasó del 52,7% al 49% de las situaciones disponibles. Sin embargo, la efectividad en la recuperación aumentó del 14,6% al 15,1%.
También se redujo la cantidad de situaciones en las que el adversario consiguió llegar rápidamente al último tercio después de superar esa primera reacción. En 2026 ocurrió en el 24,7% de los casos, frente al 28,8% de 2022.
Cuando la recuperación tuvo éxito, además, se produjo rápidamente: 43% de las recuperaciones llegaron dentro de los primeros tres segundos posteriores a la pérdida.
España fue señalada por FIFA como uno de los principales exponentes de esa herramienta. La campeona utilizó su estructura ofensiva para recuperar inmediatamente y volver a atacar antes de que los adversarios pudieran reorganizarse.
La presión alta también mostró patrones específicos. El organismo detectó tres señales utilizadas repetidamente por los equipos para activarla: un pase hacia atrás, un receptor rival en dificultades y un defensor central detenido con la pelota. Las fases de presión alta duraron en promedio 4,25 segundos.
Bloque bajo y salida rápida: el caso Cabo Verde
La FIFA dedicó otro de sus análisis a Cabo Verde, que utilizó un modelo diferente. Fue la selección que pasó la mayor proporción de su tiempo sin pelota dentro de un bloque bajo: 45,3%. Al mismo tiempo, destinó el 17,9% de su posesión a transiciones ofensivas, el sexto registro más alto del Mundial.
El 68,2% de las recuperaciones que terminaron convirtiéndose en esas transiciones se originó dentro de su propio tercio defensivo. El equipo acumulaba jugadores cerca de su área, buscaba cerrar los carriles interiores y, una vez recuperada la pelota, intentaba progresar mediante pases verticales y movimientos rápidos hacia adelante.
El propio informe señala que las selecciones ubicadas más abajo en el ranking recurrieron con mayor frecuencia a defensas profundas para enfrentar a rivales con mayor calidad individual y profundidad de plantel.
Por otro lado, la cantidad de tiempo destinada a las transiciones ofensivas se mantuvo prácticamente estable respecto de Qatar 2022, pero aumentó la producción generada durante esas acciones.
Las transiciones produjeron 0,53 remates adicionales y 0,62 recepciones más dentro del área rival cada 60 minutos de pelota en juego en comparación con la edición anterior.
Durante las primeras rondas, Uruguay había sido el equipo con mayor proporción de transiciones ofensivas originadas mediante presión o contrapresión: 59%, frente a un promedio general de 41,5%.
La FIFA identificó dos mecanismos principales: equipos organizados en bloques medios o bajos que salían rápidamente después de recuperar y selecciones que utilizaban la presión tras pérdida para recuperar cerca del área contraria y atacar antes de que la defensa recuperara posiciones.