Operativo unidad: el peronismo, entre la necesidad y la desconfianza
El peronismo empezó a moverse. No por vocación, sino por necesidad. El espacio atraviesa un proceso de reorganización que combina gestos de unidad, movimientos territoriales y, sobre todo, un diagnóstico compartido: dividido, no hay 2027 posible.
Sin embargo, detrás del “operativo clamor” por la unidad conviven tensiones profundas. La pregunta no es solo si el peronismo puede unirse, sino bajo qué condiciones y con qué liderazgo. Y, en ese punto, empiezan a aparecer matices que ponen en duda una síntesis rápida.
La diputada nacional Victoria Tolosa Paz puso en palabras una de las discusiones de fondo: la unidad no puede ser solo electoral. “No estamos pensando una coalición para ganarle a Milei por ganarle. Queremos cambiar el rumbo del país”, advirtió.
Su planteo introduce un límite clave: la construcción debe apoyarse en un programa. Producción, industria, empleo y estabilidad macroeconómica aparecen como ejes centrales, junto con una mirada federal que contenga a las provincias.
En ese marco, Tolosa Paz también deslizó una autocrítica poco habitual. Reconoció que Argentina no logra crecer de forma sostenida desde 2011 y planteó que el peronismo debe dejar de “vender pasado” para ofrecer respuestas nuevas. La unidad, entonces, no sería un punto de llegada sino una consecuencia de acuerdos previos.
Desde otro ángulo, Sergio Massa empuja una estrategia más pragmática. Su consigna es clara: “Guardar los rifles sanitarios”. En otras palabras, terminar con los vetos cruzados que fragmentaron al peronismo en los últimos años.
El exministro de Economía no habla todavía de candidaturas. Su foco está en algo previo: construir un “instrumento político” que ordene al espacio. Sin reglas, sin acuerdos y sin una narrativa común, entienden en su entorno, no hay posibilidad de volver al poder.
El massismo incluso pone como ejemplo el caso de Brasil, con la alianza entre Lula y Geraldo Alckmin, como modelo de amplitud. La lógica es simple: primero ampliar, después competir. Pero ese enfoque también tiene riesgos. Una unidad sin límites claros puede diluir identidad y generar tensiones internas difíciles de administrar en campaña.
Kicillof y el armado territorial
En paralelo, Axel Kicillof avanza con una estrategia propia. El lanzamiento del Movimiento Derecho al Futuro (MDF) y su despliegue en provincias como Corrientes y Córdoba muestran una decisión de nacionalizar su figura.
El mensaje es doble: por un lado, unidad del peronismo; por otro, construcción de liderazgo. “Hay que articular en todo el país”, planteó el gobernador, que además advirtió sobre el riesgo del “desánimo” frente al avance del oficialismo.
En ese esquema, dirigentes cercanos fueron más explícitos. “Kicillof tiene que ser nuestro próximo Presidente”, blanquearon a GRUPOLAPROVINCIA.COM. El respaldo de sectores sindicales, intendentes y referentes provinciales empieza a configurar una base política concreta.
A ese impulso se suma el apoyo de gobernadores como Ricardo Quintela, que ven en el bonaerense una figura capaz de ordenar el espacio. “Es el compañero más preparado para gobernar el país”, dijo el mandatario provincial. Sin embargo, ese respaldo no es homogéneo y convive con otros liderazgos en disputa.
Uno de los puntos más sensibles en la discusión es el rol de los gobernadores. En los últimos meses, varios mandatarios peronistas acompañaron iniciativas del oficialismo nacional, lo que generó tensiones dentro del espacio.
Tolosa Paz fue clara al respecto: “No es momento de enojarse con quienes representan a las provincias”. El mensaje apunta a evitar una fractura mayor y reconocer que los gobernadores priorizan la gestión de sus distritos.
Pero ese equilibrio es inestable. Los votos del norte son clave para cualquier estrategia nacional, y sin ese respaldo la unidad pierde volumen político. Al mismo tiempo, las diferencias sobre el rumbo económico y la relación con Milei siguen abiertas.
¿Unidad a cualquier costo?
El peronismo enfrenta una tensión estructural: necesita unirse, pero no a cualquier precio. La experiencia reciente dejó una lección clara: las coaliciones sin cohesión interna pueden ganar elecciones, pero tienen dificultades para gobernar.
Hoy, las distintas corrientes coinciden en algo: primero hay que acordar un programa común y después definir liderazgos. Pero en la práctica, ambos procesos avanzan en paralelo y, a veces, en conflicto.
El operativo unidad está en marcha, pero lejos de resolverse. Hay señales de acercamiento, voluntad de diálogo y un diagnóstico compartido sobre la necesidad de reorganizarse.
Sin embargo, también hay disputas de poder, diferencias estratégicas y miradas distintas sobre el rumbo económico y político. El peronismo, una vez más, se enfrenta a su propio dilema histórico: cómo construir unidad sin perder identidad, y cómo ordenar liderazgos sin romper el equilibrio interno.