Del ajuste a la agresión: cómo la crisis empuja la violencia en hospitales bonaerenses
La postal se repite con una frecuencia que ya dejó de ser excepcional para transformarse en rutina. Golpes, amenazas, empujones y destrozos dentro de hospitales públicos del conurbano bonaerense empiezan a consolidar un fenómeno que los propios profesionales describen como una “normalización” de la violencia.
En paralelo, crece la presión sobre el sistema sanitario, en un contexto donde cada vez más pacientes quedan fuera de la cobertura privada y migran hacia la atención estatal.
Los episodios recientes en Monte Grande y San Francisco Solano volvieron a encender las alarmas. En febrero, dos médicos de la guardia del Hospital Santamarina fueron brutalmente agredidos por una pareja que exigía atención inmediata. Días atrás, en el Hospital Oller, una paciente psiquiátrica golpeó a una trabajadora administrativa y le destrozó el celular. No son hechos aislados.
Según datos del Observatorio de Violencia de la Federación Médica de la Provincia de Buenos Aires (FEMEBA), el 44% de los médicos bonaerenses sufrió agresiones durante su trabajo, mientras que entre 20 y 30 episodios se reportan mensualmente, con al menos 15 casos de violencia física.
Saturación, espera y estallidos
El punto crítico está en las guardias. Ahí donde la urgencia convive con la escasez de recursos y el tiempo de espera se vuelve un detonante. “La violencia sucede generalmente en las guardias porque es en la espera de atención que los pacientes se ponen nerviosos”, explicó Julio Dunogent, presidente del Colegio de Médicos del Distrito V.
El trasfondo, advierten desde el sector, es más profundo. La crisis del sistema privado —atravesado por aumentos de cuotas y pérdida de cobertura— empuja a miles de personas hacia hospitales públicos. “Hay una saturación en la salud pública por el costo de la prepaga y los ‘caídos’ del sistema”, agregó Dunogent.
Ese diagnóstico se alinea con las advertencias del gobernador Axel Kicillof, quien semanas atrás responsabilizó al Gobierno nacional por el deterioro del sistema sanitario. “Menos financiamiento, menos transferencias, más abandono”, sostuvo al cuestionar el recorte de recursos en medicamentos, vacunas e insumos. Según planteó, el ajuste impulsado por la administración de Javier Milei incrementó la presión sobre el sistema público y agravó indicadores sanitarios.
“Entraron en patota y pegaron sin freno”
El caso del Hospital Santamarina expone con crudeza el nivel de violencia. Una mujer con una herida en el cuero cabelludo debía esperar la llegada de un cirujano para ser atendida. La situación escaló cuando ingresó junto a sus acompañantes a un área restringida. Hubo insultos, empujones y luego golpes.
La médica Agustina Funes fue atacada con violencia: recibió un golpe de puño en la cara, le tiraron del pelo y sufrió lesiones cervicales. El jefe de guardia terminó con una fractura en la columna tras ser arrojado contra una puerta de hierro. “Le rompieron las vértebras 11 y 12 dorsolumbares con un matafuegos”, detalló el abogado Claudio Manetti, quien representa a profesionales agredidos.
El episodio se viralizó porque los propios agresores difundieron el video en redes sociales. “Encima subieron el video y se burlaron”, relató Funes. Tras el ataque, se reforzó la seguridad en el hospital, aunque los médicos denuncian que los reclamos venían de antes.
Una espiral que no se detiene
El problema excede a un hospital o a un distrito. En Campana, médicos fueron golpeados por familiares de un paciente; en Ingeniero Budge, le incendiaron el auto a un profesional; en Moreno, un médico sufrió lesiones tras una agresión directa. Las situaciones se multiplican.
“Esto no es de ahora. Tiene 20 años, pero cada vez se normaliza más que en los hospitales les peguen a los médicos”, advirtió Manetti. El impacto no es solo físico: hay casos de estrés postraumático, depresión e incluso abandono de la profesión.
Los datos de FEMEBA refuerzan la tendencia. En 2025, el 53% de los médicos en Iberoamérica reportó al menos un episodio de violencia. Además, el 70% de las víctimas son mujeres, lo que suma una dimensión de género al fenómeno.
Ignacio Elliff, referente de la entidad, sostuvo que “no se trata de episodios aislados, sino de una problemática estructural”. También puso el foco en la baja tasa de denuncias formales, lo que evidencia fallas en los mecanismos de contención.
Guardias al límite y fuga de profesionales
El deterioro del clima laboral empieza a impactar en la disponibilidad de médicos. “Hay profesionales que dejan la atención pública por la violencia a la que se exponen”, señaló Manetti. Otros directamente emigran.
Dunogent alertó sobre un éxodo creciente: “Estamos sufriendo una fuga de médicos que se van al exterior por la precariedad de las condiciones laborales”. En paralelo, los hospitales refuerzan medidas de seguridad improvisadas: rejas, accesos restringidos y presencia policial.
Mauricio Eskinazi, presidente del Colegio de Médicos del Distrito III, describió un cambio cultural en la relación con los pacientes: “La gente espera que se la atienda como si fuese un kiosco”. Y agregó: “No es solo la agresión física, es también el destrato verbal, que tiene consecuencias psicológicas en los médicos”.