La tregua peronista que contuvo la marea ricotera y dejó pagando a la Rosada
Pamela Orellana
El último adiós a Carlos “Indio” Solari terminó convertido en una postal política difícil de disimular. Lo que empezó como una urgencia familiar y popular derivó en una operación logística de escala histórica en el conurbano, con el peronismo bonaerense ordenado detrás de una despedida que el Gobierno nacional no quiso alojar ni en el Congreso ni en la Casa Rosada.
La ceremonia se realizó este domingo 7 de junio, desde las 11, en el Polideportivo Municipal José María Gatica, dentro del Parque de los Derechos del Trabajador, en Villa Domínico. Allí, miles de fanáticos llegaron desde distintos puntos del país para despedir al fundador de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en una movilización que, según distintas reconstrucciones del operativo, llegó a superar las 90 cuadras de fila y fue estimada en alrededor de un millón de personas.
La negativa que ordenó al peronismo
La primera opción de la familia y del entorno del músico había sido el Congreso. El argumento era simple: allí fueron despedidos otros referentes populares y el Palacio Legislativo ofrecía una ubicación capaz de contener una marea humana, con plaza, accesos amplios y circulación posible. Pero la respuesta llegó por la negativa.
El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, comunicó que, tras consultas con el Ministerio de Seguridad y áreas técnicas, se concluyó que el edificio no reunía “las condiciones de infraestructura, logística y seguridad necesarias para un evento de esta magnitud”. Desde el Gobierno nacional también se descartó la Casa Rosada y, cuando el asunto ya parecía fuera de su control, se ofreció Tecnópolis como alternativa.
Esa secuencia encendió la reacción del peronismo. Máximo Kirchner, cercano a la familia Solari y amigo del músico, quedó desde el primer momento como interlocutor del círculo íntimo. Se acercó a la casa de Parque Leloir para acompañar a Virginia, la viuda, y a Bruno, el hijo del cantante. Desde ese lugar empezó a mover las piezas.
Primero se evaluaron canchas de fútbol. Racing apareció como posibilidad, pero no prosperó. Sobre ese punto circularon versiones cruzadas: por un lado, se señaló que el club, presidido por Diego Milito y con Hernán Lacunza como vicepresidente, no aceptó; por otro, desde la institución dejaron trascender que no hubo un pedido formal. También se barajaron espacios en La Plata, aunque la distancia complicaba la movilización.
El llamado que descongeló la interna
La salida se terminó de encaminar cuando Máximo Kirchner retomó el contacto con Axel Kicillof. Según pudo reconstruirse, hablaron varias veces durante la organización. No fue un dato menor: el vínculo entre ambos venía atravesado por diferencias profundas por el armado electoral, el PJ bonaerense y la discusión de poder territorial. La despedida del Indio abrió una tregua rara, de esas que impone la calle.
Kicillof habilitó la estructura provincial y puso a disposición de la familia cualquier espacio bonaerense que considerara adecuado. Luego apareció Avellaneda. Máximo también habló con Jorge Ferraresi, intendente de ese distrito, aunque el operativo cotidiano recayó sobre el interino Hugo Barrueco, ya que el jefe comunal se encontraba de licencia.
El Polideportivo Gatica ofrecía condiciones concretas: perímetro cerrado, cercanía con la estación del Tren Roca, accesos simples, avenida ancha para ordenar filas y experiencia municipal en eventos masivos. En Avellaneda lo leyeron con orgullo político. Cerca del municipio sintetizaron la jugada con una frase filosa: “Iba a ser en el Congreso o en Racing, pero cuando nadie quiere, Avellaneda pone lo que hay que poner”.
Una multitud sin incidentes
La Provincia montó un operativo de seguridad excepcional. El dispositivo quedó bajo la órbita del Ministerio de Seguridad bonaerense, conducido por Javier Alonso, con participación de la Policía Bonaerense, Bomberos, Defensa Civil, Cruz Roja, personal sanitario, puntos de hidratación, baños químicos, vallado perimetral y cortes de tránsito.
También intervino Javier Grosman, organizador del funeral de Néstor Kirchner y de los festejos del Bicentenario, cuya participación habría sido un pedido expreso de la familia.
Kicillof fue al Gatica y, en diálogo con la prensa, dejó una definición personal: “Estoy compungido. Me considero un ricotero más”. Después agregó: “Estar en el lugar donde está el cajón, la verdad que fue algo muy fuerte. Es parte de la banda sonora de mi vida”.
La contracara fue la incomodidad oficialista. Mientras desde Casa Rosada intentaron explicar que Tecnópolis estuvo disponible por pedido de Karina Milei, referentes del universo libertario cargaron contra la figura del Indio.
El videógrafo presidencial Santiago Oría cuestionó la supuesta partidización de la cultura, y el biógrafo de Milei, Nicolás Márquez, publicó un mensaje agraviante contra Solari. En el peronismo, la diputada Teresa García apuntó contra la negativa de Martín Menem y sostuvo que el Gobierno demostró “el miedo que le tienen a las conductas populares”.
Kicillof buscó darle otra lectura al operativo. Dijo que la despedida “viene a refutar los prejuicios que criminalizan toda manifestación en grupo” y remató: “Hubo una respuesta de conciencia, de una comunidad organizada”.

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