El ajuste se paga en el changuito: cae el consumo masivo y se resiente el humor social
Pamela Orellana


El consumo argentino muestra dos realidades que avanzan en direcciones diferentes. Por un lado, el Gobierno nacional destaca que el consumo privado alcanzó niveles récord. Por otro, las ventas de alimentos, bebidas, artículos de limpieza, higiene y otros productos de uso cotidiano continúan en baja.
La diferencia se explica, en parte, por el alcance de cada indicador. El consumo privado representa alrededor de 500.000 millones de dólares y comprende tanto bienes como servicios. El consumo masivo, en cambio, mueve unos 33.500 millones de dólares: equivale aproximadamente al 7% del gasto privado y al 5% del Producto Bruto Interno.
Por eso, un crecimiento del indicador general puede convivir con una caída del volumen vendido en supermercados, mayoristas, almacenes, kioscos, autoservicios y farmacias. Esa contracción es la que las familias perciben con mayor rapidez, porque se refleja directamente en el changuito y en la cantidad de productos que pueden llevar a sus hogares.
“El consumo masivo es lo más sensible, es lo que más cambia el humor social de las personas”, planteó Osvaldo del Río, fundador de Scentia, durante un encuentro organizado por la Cámara de Empresas de Investigación Social y de Mercado.
El changuito continúa en terreno negativo
El consumo masivo cayó 2,7% interanual en junio y completó seis meses consecutivos de retrocesos. También disminuyó 2,4% frente a mayo y acumuló una contracción del 2,9% durante el primer semestre de 2026.
El volumen comercializado en junio representó apenas el 82,9% del registrado en enero de 2023. En otras palabras, las ventas se encuentran alrededor de 17% por debajo de aquel nivel, pese a la desaceleración de la inflación y a la estabilización de algunos indicadores económicos.

La baja alcanzó prácticamente a todos los canales. Los supermercados de cadena terminaron el semestre con una caída acumulada del 4,6%, mientras que los mayoristas retrocedieron 3,8% y los autoservicios independientes, 3,2%. En almacenes y kioscos la disminución fue del 2,3%, y las farmacias cerraron cerca de la estabilidad, con una variación negativa del 0,3%.
Entre las categorías más afectadas aparecen los productos para el desayuno y la merienda, los artículos de limpieza del hogar y de la ropa, los perecederos y los bienes de compra impulsiva. En los supermercados, las bebidas sin alcohol y los productos frescos también acumularon bajas significativas.
La excepción fue el comercio electrónico. Las ventas digitales crecieron 41% interanual en junio y 34,8% durante el semestre. Sin embargo, el canal representa apenas tres puntos del volumen total del consumo masivo, por lo que su expansión todavía no alcanza para compensar la retracción de los comercios físicos.

La desaceleración de los precios todavía no llega al bolsillo
La baja de la inflación permitió reducir la velocidad de los aumentos, pero no alcanzó para recomponer de manera sostenida el poder de compra. Los especialistas identifican en el deterioro de los ingresos, la debilidad del empleo y el endeudamiento de los hogares las principales barreras para la recuperación.
El salario registrado promedio se ubica 8,7% por debajo del nivel de noviembre de 2023. La pérdida acumulada es más pronunciada entre los empleados públicos, con una caída del 17,8%, mientras que en el sector privado el retroceso es del 3,7%.
Durante las exposiciones también se citaron datos del Sistema Integrado Previsional Argentino que ubican en más de 235.000 la pérdida de puestos de trabajo durante la actual gestión. A eso se suma que el ingreso disponible de los hogares se encuentra 38% por debajo del nivel de 2017, según cifras de Ecolatina presentadas en el encuentro.

“La macro todo bien, pero ¿la micro cuándo llega?”, sintetizó Del Río al describir la distancia que todavía existe entre la estabilización de las variables generales y la situación cotidiana de las familias.
El endeudamiento agrega otra señal de alerta. Un relevamiento citado por los especialistas indicó que el 59% de los encuestados tiene deudas. Del total, un 17% aseguró encontrarse al día, un 27% presenta atrasos parciales y otro 15% registra demoras importantes en sus pagos.
El problema atraviesa distintos sectores sociales. Incluso los hogares de mayores ingresos comenzaron a revisar consumos vinculados al esparcimiento, los servicios y las compras no esenciales. En los segmentos más vulnerables, el ajuste alcanza necesidades básicas y gastos corrientes.
De comprar barato a tratar de comprar bien
La restricción presupuestaria modificó la forma de consumir. Las familias redujeron la frecuencia de sus compras, eligieron presentaciones de menor desembolso, compararon precios con mayor atención y migraron hacia marcas económicas o alternativas.
Los consumidores también comenzaron a privilegiar los comercios de cercanía. La elección de almacenes y autoservicios no responde únicamente a una cuestión de comodidad: permite realizar compras más pequeñas, evitar traslados y reducir la posibilidad de sumar productos innecesarios.
Los datos de NielsenIQ muestran que el 54% de las categorías migró hacia envases o formatos que requieren un menor gasto en cada operación. Al mismo tiempo, el 34% de las ventas de consumo masivo se realiza bajo algún tipo de promoción.
La búsqueda del menor precio, sin embargo, no es el único criterio. Los hogares también evalúan la calidad, la duración y la utilidad concreta de cada producto. La compra impulsiva perdió terreno frente a decisiones más planificadas, incluso en los sectores con mayor poder adquisitivo.
Los relevamientos de Kantar reflejan la magnitud del estancamiento: solo el 11% de las categorías de consumo masivo se encuentra en expansión, mientras que el 44% mantiene una contracción tanto en la comparación anual como en el trimestre más reciente.

Dentro de ese panorama aparecen algunas oportunidades vinculadas con el bienestar, el autocuidado, la alimentación saludable y los productos que ofrecen un beneficio funcional fácilmente identificable. Son segmentos que pueden crecer aun cuando el volumen general continúe deprimido.
Una recuperación lenta y condicionada
Los especialistas coinciden en que la recuperación no será inmediata. Una nueva desaceleración de la inflación podría mejorar las expectativas y la predisposición a gastar, pero la evolución seguirá condicionada por los salarios, el empleo y el nivel de endeudamiento.
Del Río consideró posible que, desde julio, comience a moderarse la caída. Bajo ese escenario, el consumo masivo podría terminar 2026 cerca de la estabilidad o con una variación levemente positiva, siempre que los precios mantengan una trayectoria descendente.
Sin embargo, una mejora interanual durante el último trimestre deberá analizarse con cautela. La comparación se realizará contra una base particularmente baja de 2025, por lo que un crecimiento porcentual no necesariamente implicará una expansión genuina ni una vuelta a los niveles anteriores.
Arthur de Oliveira, director general para el Cono Sur de NielsenIQ, planteó una perspectiva más prudente. Estimó que el consumo podría avanzar entre 1% y 2% anual durante los próximos años y que la recuperación de los niveles registrados cuatro años atrás difícilmente llegue antes de 2028.
Guillermo Oliveto, fundador de Consultora W, también anticipó un proceso gradual. “Todo lo que pase de acá en adelante va a ser muy lento”, sostuvo.
Para las empresas, el desafío ya no pasa únicamente por ofrecer descuentos. Un consumidor más racional, la mayor apertura comercial, la expansión de las compras digitales y la aparición de nuevas marcas obligan a revisar precios, formatos, canales de venta e innovación.
Mientras tanto, el comportamiento del changuito seguirá funcionando como uno de los indicadores más directos del bienestar de los hogares. La macroeconomía puede mostrar signos de estabilización, pero la recuperación será incompleta mientras esos avances no se traduzcan en más ingresos, menos deuda y mayor capacidad de compra.

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