“No tiene códigos”: volvió la interna y se resquebraja la tregua del peronismo en la Provincia
Mariana Portilla


La calma nunca fue del todo real. Apenas una pausa incómoda, sostenida por acuerdos tácticos y necesidades electorales. El peronismo bonaerense volvió a mostrar que su principal conflicto no está afuera sino puertas adentro: una interna latente que, ante el menor estímulo, reaparece con fuerza y sin filtros.
Lo que parecía un esquema de convivencia —con Axel Kicillof al frente del PJ provincial y Máximo Kirchner ordenando el Congreso partidario— empieza a exhibir grietas cada vez más visibles.
El episodio que funcionó como disparador fue tan inesperado como incómodo. En medio de la internación del jefe de Gabinete bonaerense, Carlos Bianco, en Barcelona, un grupo de intendentes peronistas activó una cadena de mensajes de apoyo. Todo transcurría dentro de los márgenes habituales hasta que apareció la intervención de Mayra Mendoza.

La intendenta de Quilmes, en uso de licencia, introdujo una comparación con Cristina Fernández de Kirchner que no pasó desapercibida. El tono y el contexto generaron rechazo inmediato en el entorno de Kicillof y en buena parte de los intendentes. No hubo respuestas públicas en el chat, pero sí un malestar profundo que se expandió rápidamente en el entramado político.
En La Plata lo leyeron como una provocación innecesaria, más aún en un contexto sensible. "No tiene códigos", deslizaron. Pero el enojo no se limitó al oficialismo provincial: incluso dirigentes cercanos al cristinismo cuestionaron el momento elegido. La reacción fue unánime en un punto: la intervención no sumó y volvió a poner en evidencia una dinámica interna que muchos intentan contener.
El episodio dejó al descubierto algo más profundo que un cruce aislado. La interna del peronismo bonaerense nunca terminó de resolverse. Apenas quedó encapsulada bajo una tregua débil, sostenida por la necesidad de evitar un quiebre mayor.
Intendentes del conurbano y del interior coinciden en que el problema ya no es ideológico ni estratégico, sino personal. "Realmente me duele mucho todo esto, no debería pasar", dijo un intedente a GRUPOLAPROVINCIA.COM.
En ese marco, la figura de Kicillof sigue sin consolidar una conducción plena sobre todos los sectores. El cristinismo, con fuerte presencia territorial y legislativa, mantiene autonomía y capacidad de presión. Y La Cámpora continúa operando como un actor con agenda propia. "No podemos eguir discutiendo el liderazgo de Axel", clamó un jefe comunal de la Cuarta.

Ishii y la disputa por el control político
La presentación del proyecto de emergencia alimentaria por parte del senador Mario Ishii profundizó el escenario de tensión. La iniciativa, que plantea declarar la emergencia por 18 meses y reforzar partidas para asistencia social, generó incomodidad en el Ejecutivo bonaerense.
El problema no fue únicamente el contenido, sino la forma. En Gobernación aseguran que no hubo consulta previa y que el proyecto responde a una lógica interna más que a una estrategia coordinada. La ausencia de referencias al gobierno nacional en los fundamentos fue interpretada como un mensaje político directo hacia Kicillof.
Desde el entorno del gobernador apuntaron contra La Cámpora, sugiriendo que Ishii actuó como vehículo de una jugada más amplia. Del otro lado, relativizan esa lectura y sostienen que el histórico dirigente de José C. Paz tiene autonomía suficiente para avanzar sin alineamientos estrictos.
La discusión, en cualquier caso, vuelve a poner en escena una disputa clave: quién define la agenda política del peronismo bonaerense y bajo qué lógica se construye poder.

A pesar del ruido, ningún sector parece dispuesto a romper definitivamente. Existe una conciencia extendida de que la fragmentación podría tener costos electorales difíciles de revertir. Pero también queda claro que la unidad, hoy, es más una necesidad que una convicción.
El cristinismo plantea condiciones para avanzar en un acuerdo político, con la expectativa de que Kicillof dé el primer paso. En el entorno del gobernador, esa posibilidad no aparece en el horizonte inmediato. La distancia sigue siendo significativa.
Mientras tanto, los intendentes —actores clave en la estructura territorial— empiezan a expresar cansancio frente a una dinámica que consideran improductiva. La demanda es clara: ordenar la interna y construir una estrategia común.

El principal problema para el peronismo bonaerense no es la existencia de tensiones, sino la incapacidad de administrarlas. Cada episodio, por menor que parezca, escala rápidamente y deja secuelas.
En un escenario atravesado por la crisis económica y el ajuste nacional, la dirigencia peronista enfrenta un dilema: sostener la disputa interna o reorientar el foco hacia la construcción de una alternativa política.
Por ahora, la balanza parece inclinarse hacia lo primero. Y eso explica por qué, una vez más, la interna volvió a ocupar el centro de la escena.

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